Mal de Letras

El Edificio

En una desapacible, aunque templada tarde de invierno, la señora Juana abandonó definitivamente el edificio.

Había pasado allí buena parte de su vida y, probablemente, si las cosas no se hubiesen torcido, en él hubiese permanecido hasta sus penúltimos suspiros. Pero los acontecimientos habían desfigurado su destino, implacablemente.

Una vez el piso vacío, Margarita, la encargada de la agencia, comprobó que dos baldosas estaban resquebrajadas. Inmediatamente, contactó con Iván, el responsable de mantenimiento del edificio, dando las indicaciones oportunas para que aquel contratiempo de última hora fuese solventado a la mayor brevedad posible: el piso debía ser ocupado por los nuevos inquilinos inminentemente.

Al cabo de una hora escasa, un displicente operario abría la puerta del ascensor de la planta baja, para desplazarse hasta el último rellano. Siempre alerta, Gloria, la escrupulosa portera, pudo comprobar, contrariada, cómo aquel ser, ajeno a la comunidad, había ya dejado su impronta, tanto en el suelo de la entrada, como sobre la superficie acristalada de la puerta principal, así como en el pomo del ascensor.

Pudo adivinar, no sin irritada resignación, cómo sus dedos grasientos quedarían impresos en el espejo del vehículo electromecánico, así como en la puerta de éste, en el último rellano; y cómo de sus botas sucias, se irían desprendiendo fragmentos de barro seco, allí por donde pasara: el rellano, el pasillo del piso, etc. Automáticamente, grabó la secuencia en su mente, para no olvidar los elementos a repasar, una vez el operario se hubiese marchado. Y ello, suponiendo que no se pusiese a fumar y a repartir ceniza y CO2 por doquier. En fin, mejor concentrarse en otra cosa, pensó. Y se colocó de nuevo el auricular en la oreja, para sumergirse, mientras retomaba parsimoniosamente la escoba, en la las variaciones Goldberg, de Bach.

Una hoja testaruda, empujada por la fresca brisa, acababa por caer, rezagadamente, del vetusto abedul que, discreto pero con elegancia, presidía la plazuela. La señora Juana, a pasos lentos pero constantes cruzaba aquel espacio, que sus pies conocían de memoria, por última vez. Muy pronto, sería olvidada por los habitantes, visitantes, trabajadores del la finca, e incluso, por el propio edificio. Éste, tozudo y ya en el final de su propio otoño, se obstinaba en permanecer en la plazuela, cual decadente y eterno aspirante a aristócrata.

En una desapacible, aunque templada tarde de invierno, la señora Juana abandonó definitivamente el edificio.

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