Mal de Letras

Villavacía de la Margen

Villavacía de la Margen, el doce de octubre del Año en curso

Apreciado Coronel,

No nos conocemos y, sin embargo, no puedo evitar el sentimiento de que somos viejos, inseparables amigos. También para lo malo Coronel, no nos confundamos. En todo caso, quien le habla es más un humilde peón prescindible, fácilmente reemplazable. No sé si me explico, Coronel, carne de cañón, vaya.

Sin embargo, créame que lamento y comprendo lo injusto e humillante de su situación. Los hombres como usted, que lo han dado todo y que han arriesgado sus vidas y, especialmente, las ajenas, bien merecen un monumento. Aunque sea un busto insignificante, discreto, en la placita terrosa de un pueblito de mala muerte, olvidado de la mano de Dios… y de nuestras gloriosas Administraciones Públicas, Coronel.

Sí, Coronel, esas mismas estructuras mastodónticas que privan a los hombres como usted y como yo de un amnésico, plácido final de vida. Usted y yo ya conocemos los laberintos de sus pomposos palacios, mezcla de reminiscencias barrocas y napoleónicas, edificados a base de polvorientas carpetas, algo de estupidez y mucho sufrimiento anónimo.

Cuando echo la vista atrás, no veo el glorioso Elíseo que nos habíamos, ingenuamente, prometido entre todos. Sólo veo polvo, terror, desidia, largos ayunos. De hecho, el sentimiento que mas impregna mis memorias de aquellos años perdidos es una extraña mescolanza entre el aburrimiento, el hambre y la ansiedad, con aquel pertinaz sabor amargo en la garganta seca.

A veces, repentinamente, me invade con sorprendente claridad, el olor a sangre, pólvora y miedo. En esas ocasiones, el pánico y la zozobra se apoderan de mí. Mi corazón galopa desaforado y un sudor frio me recorre todo el cuerpo. Y sólo veo bayonetas y tripas y gallos destrozados por la pelea. Y niebla, Coronel, una niebla rojiza…

El aguardiente, aunque me está matando, ayuda lo suyo. Pero solamente Esperanza me salva. Olvidé su rostro de anciana, poco después de su muerte. Recuerdo solamente el tacto de su piel y su voz de alma rota. Y sólo entonces, cuando pienso en ella, encuentro, de nuevo, la calma. Una anciana, sí, de treinta y tantos, Coronel. Roída por la miseria, las privaciones y los sucesivos entierros de nuestros hijos. Pero el tiro de gracia se lo dio el enemigo. Literalmente. No sin antes proceder a una última y definitiva humillación, como marcan los cánones no escritos de la barbarie de la guerra.

Por qué le cuento todo esto, Coronel, se preguntará usted, si, en definitiva, lo que todos anhelamos, yo incluido, es enterrar el dolor, olvidar para siempre todo aquello, pasar página. Pero es que esos horribles recuerdos se me clavan en todos y cada uno de los poros de mis vísceras y necesito escupirlos como sea, a modo de purga o de exorcismo.

Y tras esta introducción, procedo, si a usted le parece bien, a exponer el motivo de mi misiva.

La guerra es injusta para todos, especialmente para los que nacimos pobres y fuimos condenados a la ignorancia. Pero, en mi caso particular, Coronel, fíjese usted lo que son las cosas, la Fortuna ha querido bendecirme con un cuñado. Efectivamente, Coronel, la maldita violencia me lo quitó todo, pero la Paz parece tratar de saldar esa deuda, que el Destino contrajo conmigo.

Sí, Coronel. Mi hermana Clara, una viuda de guerra, de buen ver, a decir de los vecinos, con sus veintidós añitos recién cumplidos y un hijo pequeño, encontró la felicidad gracias a las atenciones de don Eustaquio Fernández de la Quijada, de sesenta y dos años, Secretario Tercero Adjunto de la Oficina Regional Administrativa de Asuntos Ordinarios. Un chupatintas cualificado, vaya.

Don Eustaquio es una excelente persona, instruido y muy trabajador, créame. Fue precisamente él quien se ocupó de solucionar las trabas burocráticas de mi exigua pensión, reduciendo ostensiblemente los plazos. En solamente tres años empecé a cobrar mi primera paga, imagínese. La mitad de dicha paga va, naturalmente, al bolsillo de don Eustaquio. A fin de cuentas, es hombre de principios y, por mucho lazo de sangre o de concubinato que nos una, debe percibir la compensación correspondiente a sus desinteresados esfuerzos, desplazamientos, gestiones varias. Las patrias, sin duda, se construyen con hombres como él.

Adjunta a esta misiva, encontrará usted, Coronel, la tarjeta profesional de don Eustaquio, para quien será un placer y un honor ocuparse de su caso, si usted así lo dispusiere. Don Eustaquio es de toda confianza y discreción, no dude usted en usar este escrito como carta de presentación. De hecho, es él quien escribe, a dictado mío y por un módico precio, por supuesto. Ya que yo soy demasiado viejo y torpe para aprender, a estas alturas, a hacer garabatos sobre un papel.

Sin nada más que escribirle, Coronel,

aprovecho la ocasión para saludarle,

Muy atentamente,

  Eulogio Cuenca Seca

  Alférez Auxiliar Accesorio

Esta carta recibió el segundo premio del concurso:

El coronel sí tiene quien le escriba 2024

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